MACACO
El corazón de las tinieblas
Joseph Conrad
I
Me quedé sin palabras, no pude hablar más. Yo, que había tenido la facultad de hablar
sin parar, de pronto quedé en silencio frente al abismo de la realidad. No
sentí pena, pero sí la nostalgia de saber que, a partir de la crisis, no podría
hablar con nadie más. Las palabras me habían abandonado, sus puentes se habían
derrumbado para mí. Los labios ya no las pronunciarían. La lengua se quedaría
sola en la cueva oscura del paladar. En un continuo parpadeo, los ojos
extrañarían lo que estaba al otro lado, la imposibilidad. Eventualmente,
levantaría la mano para saludar a quienes, impávidos, habían quedado allá en
la orilla, pero en mejores circunstancias que las mías. Con la lenta calma del
solitario, me alejaría del mundo conocido para internarme en la bruma de lo
incierto, de la nada. En ese ámbito donde, las personas y las cosas, ya no es
posible reconocer, quizá porque no se recuerdan sus nombres. Sería un nuevo
inválido verbal, obligado a aprender el lenguaje de los sordomudos. Esa fue la
convicción, la certeza sobrevenida después del accidente que se apoderó de mi
vida al convertirme en lo que ahora soy: un mudo. Sin embargo, ninguna desdicha
es definitiva. Cuando todo parecía perdido, una voz tronó y se instaló dentro
de mí como una conciencia ajena. Era la voz de un monólogo imparable, un
caballo desbocado y sin jinete, cruzando el territorio de mi soledad.
«Yo soy la voz. La voz del monólogo. He vagado con el aullido
del viento; he sido el murmullo del río y el rugir del volcán; he aprendido el
silbido de los delfines y el balar de las ovejas; he cabalgado sobre el canto
de las ballenas y el trinar de los pájaros; he dormitado en el inaudible sonido
que hacen algunas serpientes cuando, a la distancia, avistan a una de sus
presas; en noches sin estrellas he sido el ulular de la arena del desierto. Al
igual que un soldado sin patria, deambulaba perdido por entre el vaivén de los
altos pastizales, arrastrando la hojarasca de los campos, borrando los caminos
sin saber dónde ir. Hablaba solo. Lobos hambrientos fueron testigos de mi
peregrinar, aunque no pudieron cazarme porque simplemente era un sonido que no
se podía convertir en bocado. Al final de una tarde, cansado de ser un murmullo
sin importancia, subí a la frondosa copa de un árbol y oteé más allá de la
línea del horizonte. Hasta entonces no había encontrado un sitio definitivo
donde aposentarme, pero al ver a lo lejos la figura de este hombre arrodillado
frente a la tragedia, lo reconocí y la esperanza prosperó. Me aproximé y lo
observé en su pesar. Grité y lloré con él. Entonces, girando a su alrededor
como el ojo del huracán, lo compadecí y sentí la honda felicidad que propicia
el hallazgo; por primera vez, yo, la voz que había vagado incierta por el
mundo, sería la de este ser condenado al silencio y al olvido. Yo soy la voz.
La voz del monólogo.»
El monólogo que ahora me habita otro no lo podrá escuchar. Sólo
yo estoy destinado a registrar su impotencia. La mía. Pero, entonces, ¿qué
sentido tiene convertir en palabras escritas la voz desconocida? La epopeya
que represento no puede ofrecer nada, salvo el relato de esta existencia
destinada al sin sentido y, no por ello, menos dramática. Cosa que compruebo
cada vez que intento hablar presionado por alguna brusca emoción. En esos
eventos del desatino, de la garganta brota un ruido perturbador. Entonces, la
gente tapa sus oídos y se aleja espantada de mí. En esas circunstancias, la
imposibilidad verbal dispone que esté atento al matiz de otras voces, porque al
oírlas trato de entender su tesitura, saber qué hay más allá de sus cadencias.
Antes, cuando tenía mi propia voz, no se me hubiera ocurrido tan extraño
interés por las voces que cunden a mí alrededor. Ahora he comprobado que, en el
tono, se agazapa el alma. Basta cerrar los ojos para visualizarla.
No hay nada más fascinante y reconciliador para un espíritu al
borde del abismo que oír la radio en la hora más ausente de la madrugada. Al
fundirse la noche con el sueño, en medio de mi desvelo, abandono la cama y
enciendo el viejo radio que heredé de mis padres. Es un radio negro, grande,
que fue sacado a toda prisa de un Berlín en llamas, justo cuando las tropas
rusas asediaban el poder fascista de Hitler. Entonces, sintonizo la emisora de
mi preferencia, la de música continua. Emisora que no hace uso de locutores
para sus transmisiones, ni de propagandas que perturben a los radioescuchas.
Hay ciertas melodías a la medianoche que convocan la nostalgia y la evocación.
Entre el frenesí que dispone la admiración próxima a la envidia, es mi máximo
deleite oír cantar desde el infinito. Lo maravilloso de cada timbre vocal es
que no quiebra la invisible pared del silencio donde me hallo. Hubiera querido
ser el amante fugaz de María Callas, dormir con ella entre sábanas blancas para
ser despertado al día siguiente por el registro profundo de un aria de su
garganta. O ser el borracho que, acodado en la barra de un bar de mala muerte,
intenta consolar su pena con las voces desgarradas por los celos o el despecho.
Inmerso en esa sublime armonía del canto lírico y popular, he
podido vislumbrar el rostro de Dios que ha negado mostrarse a los demás.
Alguien dijo una vez, sobre la luz del sol que nos deslumbra y enceguece, que
su abrasadora incandescencia es señal de su mirada; yo diría, con respecto a
la música, ser el sonido de sus palabras que no somos capaces de oír ni de
entender. Entonces, en esa reconcentrada placidez que brinda la emisora de mi
predilección, hay un momento único en que los labios se recogen y silbo como un
ángel. Pero, ¿silbo de verdad o es una ilusión en la que me trasciendo?
Mi pasión ha sido organizar, desde la invención, lo que desde la
realidad es imposible emprender. Soy un extranjero en mi propia ciudad. A pesar
de haberla inventado yo mismo. Fui su arquitecto e ingeniero. Conservo la
maqueta donde la prefiguré. Mi imaginación la ha rodeado de una muralla
inexpugnable. Sus bases están hechas con vigas de acero y hormigón. Muchos
obreros murieron en su construcción. Sobre todo, aquellos que se dedicaron a
construir el refugio ante posibles bombardeos de alguna aviación enemiga. La
guerra fronteriza siempre es una tentación que acecha a un país blindado en el
nacionalismo. He fabricado sus seres y, como Dios, les he insuflado del aliento
vital para existir. Cámaras de video graban, continuamente, su mundana
cotidianidad así como sus relevantes y domésticos acontecimientos. Un pelotón
de la Guardia Nacional, al mando de Los Gemelos con lentes oscuros, custodia su
única posibilidad de ingreso o salida: Una enorme y pesada puerta, por la que
resbala el aceite caliente, es la advertencia peligrosa de su aislamiento. De
todas maneras, resulta embarazoso y descorazonador fundar una ciudad para que
otro la administre. Y ése es mi caso. Si me preguntaran por qué tuve que
inventarla, diría: para poder resguardar en ella la síntesis de las otras
ciudades donde una vez moré, aunque haya terminado construyendo una ciudad
socialista. Sombría y sin avisos luminosos que la hicieran atractiva y cálida.
Prescindo salir de esta habitación donde la oscuridad protege mi
olvido. La abandono para lo estrictamente necesario. No me gustan los sitios
públicos y no quiero ser señalado como un espécimen raro a los ojos delatores.
No soporto la mirada de los adultos, ni la burla de los niños. Es humillante
estar expuesto a las preguntas indiscretas que propician la confianza y la
curiosidad. La ventaja es que soy un hombre que no puede ser compadecido
porque, por lo general, paso desapercibido. No hago esfuerzos por hacerme
notar. Soy escurridizo. Establezco estrategias para ser invisible. Sin
embargo, mi presencia ha comenzado a alterar a algunos. Ésos que ven el celaje
de cada uno de mis pasos en plena luz del día. Si el insomnio agobia, salgo a
la calle con un singular disfraz: un sobretodo negro de cuello alto cubre los
hombros y la garganta, mientras que un sombrero de ala ancha, ligeramente caído
hacia delante con un doblez, oculta la expresión de piedra, tallada en mi
rostro. Quien se tope conmigo en medio de la neblina o la lluvia, echará a
correr despavorido con un grito.
Desde la parálisis repentina de mis cuerdas vocales, los amigos,
que son pocos, abandonaron el obsequio incondicional de mi amistad. Los
comprendo. No querían mirar el horror de lo que también les podía ocurrir. No
he vuelto a los bancos de las plazas públicas, en los cuales, con el revuelo y
picotear de las palomas, gustaba sentarme a disfrutar de los últimos colores
de la tarde. El cielo adquiría los matices de una fiesta cromática que
deleitaba las pupilas. Las nubes, cual racimos púrpuras, llovían sangre sobre
la montaña. Venados solitarios salían de los bosques a celebrar la
transmutación de la luz en gloria, pero la fortuna terminaba al oírse los
disparos de los cazadores furtivos. En un cuaderno de páginas blancas, apuraba
en plasmar ese frenesí coloreado que antecede a la noche. En las paredes del
apartamento conservo las postales de ese pintor desvanecido que fui. Claro, no
he podido renunciar por completo al encuentro con la gente. Las necesidades y
los padecimientos atan, nos hacen dependientes. Es una pena, porque tal
dependencia nos sustrae libertad y dicha.
Siendo mi derecho, y a pesar de insistir por diversas vías burocráticas,
entes superiores se niegan a jubilarme. El colmo: soy obligado a asistir al
trabajo con una mayor carga horaria. Las razones las determinan investigaciones
judiciales abiertas en mi contra. No consideran esta condición de invalidez
que me embarga. La ley también forja normas para aquellos declarados
discapacitados o presuntos culpables de un delito que no cometí. Al principio
me gustaba este oficio; pero ese entusiasmo se disipó después del trágico
acontecimiento familiar. Ahora lo arrojo en el desprecio. En época pasada,
soñé ser un famoso detective. Me aferré a esa ilusión. Hice cursos en la
Academia de la Policía Nacional y, para apuntalar mi fantasía protagónica de
pesquisa engreído, consumí literatura negra y series de televisión en las que
obsesivos sabuesos, tras sus deseos de resolver crímenes a como diera lugar,
los cometían si éstos desaparecían de la sociedad. Y, ya ven, terminé siendo
contrario al ideal que soñé, un solitario e impotente Comandante de la Policía
Metropolitana a quien ya no le interesa dirigir la guarnición a su mando. Para
no toparme físicamente con las demandas de los funcionarios y oficiales
subalternos, las veces que ingreso a mi oficina, me comunico con ellos vía
Internet. Orden de captura o allanamiento en proceso, se las envío por correo
electrónico con un archivo adjunto. No hay problema a la hora de ejecutarlas,
ya que he digitalizado mi firma. La secretaria privada protesta porque desde
que enmudecí se ha ido quedando sin nada por hacer.
—Comandante, si usted supiera cómo extraño su voz. Hasta sus
gritos. Me hacen faltan sus maltratos verbales, sus arrebatos de ira –me dice,
compungida.
Sentado de espaldas al escritorio, mirando la pared donde rumio
el llanto inconfesado del arrepentimiento y la pena, compadezco a la desvariada
mujer y, con señas y sonidos guturales que he pactado para facilitar nuestra
comunicación, le encomiendo redactar algún estúpido memorandum para que no
sucumba al desaliento de la inutilidad laboral. Ella agradece esos eventuales
encargos míos y, animada con una sonrisa que cuelga de sus orejas sin
zarcillos, ocupa asiento frente al procesador de palabras para justificar sus
horas de trabajo. Al final de la jornada, la pobre me entrega, con el suspiro
feliz del burócrata extenuado, unas quinientas cuartillas para que elija, de
entre el montón, la mejor versión del memorandum encomendado. De vuelta al
apartamento, estaciono el automóvil en alguna calle oscura de la ciudad y, en
un pipote de basura donde chillan las ratas hambrientas, deposito el producto
del trabajo de la abnegada e infeliz secretaria.
La necesidad sexual me llevó a hacer lo que jamás debí. Permitir
que la mujer ajena ingresara al interior de este apartamento, aun más, de estar
junto conmigo en el cuarto, desnudando una intimidad pecaminosa que las ropas
molestan. Sin que yo lo sospechara, la intrusa comenzó a seguirme al salir del
trabajo. Sus tacones altos avanzaban, persistentes, tras mi espalda. Era su
respiración una caricia tentadora que mordía mi cuello. Sólo un lejano perfume
me intrigaba, pero cometí el error de no detener los pasos y voltear para
indagar su origen, saber por qué era seguido por la anónima. Al cerrar la noche
sus cortinas, oí el timbre estridente de la puerta y, al mirar por el ojo
mágico, la sorpresa me reveló la figura de mi secretaría. Alarmado, le abrí. A
partir de entonces, entre ella y yo se activó el lenguaje de los sordomudos. Me
he permitido traducir aquellos diálogos que nos unieron.
—«¡¿Virginia, qué hace usted aquí?!»
Fingió vergüenza, bajó la cabeza y no hubo respuesta. Ahora que
junto las partes, su silencio fue el instrumento inductor para hacerla pasar.
—«¿Qué pasa, qué quiere?» Lo primero que entró fue su perfume,
luego una ola de curvas que, hasta ese momento, yo no había notado y que
remataban en un pulposo y voluminoso trasero. Virginia se sentó en el sofá de
la sala y, conteniendo un suspiro, tomó mis manos que, nerviosas, no sabían
cómo entrarle a tanta carne.
—«Sé que se siente solo. Por eso he venido a darle compañía».
—«Se lo agradezco, Virginia, pero usted es una mujer casada».
—«No se preocupe, mi Comandante. Mi esposo es evangélico y valora mucho la
caridad humana. Dígame, ¿desde cuándo a usted no se lo maman?»
—«¿Cómo?»–pregunté desconcertado.
—«A usted le haría bien una mamadita. Si se lo mamara ahora
mismo, la alegría volvería a su cara. Se sentirá libre, feliz. Muchos hombres
andan tristes por ahí porque no encuentran quien se los pueda mamar rico». –me
espetó Virginia, con un discurso gestual y onomatopéyico, deslizando su mano
sobre la serpiente de mi erección que sí sabía lo que quería.
Lo desagradable de aquella experiencia con mi secretaria no fue
la mamada, sino lo que sucedió al día siguiente. Al despertar con un prolongado
bostezo, la encontré alborozada, buscando entre las sábanas algo que se le
había perdido.
—«¿Qué buscas con tanto afán, Virginia?» —«Mis dientes» –me dijo
con la boca ajada de una anciana.
Entonces, aterrorizado por aquella máscara que se negaba a dejar
de mirarme, de un saltó abandoné la cama y busqué, de igual manera, la pieza
dental. En ese momento, parado en medio del cuarto con mis piernas abiertas,
atiné a ver sus dientes aferrados a mi sexo.
—«¡Gracias a Dios que aparecieron!» –gritó ella.
—«Se imagina volver a la oficina sin ellos. Sería el hazmerreír
de todos» –dijo, agradecida, la desinflada boca.
Entonces, Virginia tomó con mucha naturalidad su dentadura
postiza, la cepilló y, al ponérsela de nuevo, su cara volvió a ser la que había
sido siempre. Un rostro sin mayor trascendencia.
Desde este confinamiento, no sé por qué tengo la aprehensión de
ser vigilado por alguien, por un invisible que escudriña mis actos desde las
sombras y las hendijas. Es como si una fiera me acechara esperando la
oportunidad de darme un zarpazo. Tengo razones, nada infundadas, para imaginar
lo peor. Sé que El Servicio de Inteligencia de los Macacos se dedica a
seguirme, así yo no llegue a percibirlos con evidencias probatorias,
palpables. ¿Habrá una cámara, un micrófono… instalados secretamente aquí en mi
cuarto? Mis actos, presumo, son reportados a un jefe máximo, ¿A El Prócer
Revolucionario? Algunas veces levanto el teléfono y oigo la grave ansiedad de
sus respiraciones. Pero, ¿a qué tribunal podría ir a protestar tal abuso a la
privacidad? Sumo a mis temores, la idea de que el fantasma de mi nieto o algún
insecto inclasificable puedan estar observándome como lo hacen las pesquisas
ocultas.
Ante esa posibilidad, igual de intimidante, resguardo mi presencia
en un solo sitio del apartamento. Pocas veces ocupo los muebles de la sala.
Desisto de comer en la mesa del comedor. Salgo de la cocina y llevo la comida
al cuarto principal; con un control remoto cierro la puerta y blindo esta
existencia aprehensiva que soy en la más absoluta seguridad. Es mi bunker.
Barras de aceros verticales y diagonales lo fortifican. Allí hago de todo; en
particular, dedico el tiempo a leer libros raros. Libros que no pueden ser
leídos en voz alta porque sus palabras sólo tienen una significación en la escritura.
Pertenecen a una lengua muerta. Tengo de cabecera El huésped indeseable, escrito por un autor que extravió su nombre.
A veces, en un cuaderno escribo una línea, pero después la borro, arrepentido y
aterrorizado.
Después de comer, ingreso al baño y, bajo la incandescencia de
un bombillo a punto de estallar, cepillo la dentadura en una acción prolija. Al
rato, las pupilas se deleitan con los destellos de su blancura. El bicarbonato
y el limón son perfectos para tal fin. A diferencia de Virginia, poseo dientes
propios y perfectos que valen la pena. Una vez un desdentado quiso
comprármelos. Quizá porque todavía cumplen una función similar a la de un
ejército primitivo y feroz: morder, despedazar y masticar. En el bullicio de la
ciudad gusto exhibir una sonrisa petulante. Es el poder de una felicidad
inocultable que algunos habitantes, las hordas de mis enemigos anónimos,
reconocen y desprecian. Esa sonrisa los mantiene a raya.
El resto del apartamento permanece en la penumbra porque no me
permito abrir las ventanas. En el día evito que la luz del sol lo ilumine. Con
una tira adhesiva cubro las hendijas por donde ésta se obstina en penetrar. No
quiero ver lo que está allá afuera, menos, lo que se halla aquí dentro. Tapono
los oídos para no escuchar el ruido de la calle, ni el que yo mismo pueda
producir. Me atormenta ser despertado en la madrugada por las explosiones de la
dinamita y el ruido de los taladros que intentan partir la montaña en dos. No
obstante, la montaña parece resistirse con su corazón de mármol. Los
topógrafos han regado la leyenda de que ésta crece en un ascenso imperceptible.
Al notar que sus picos nevados desafían los cielos y penetran las nubes más
altas, frenéticos, algunos hacen apuestas por saber a cuántos centímetros por
segundo, se produce este singular crecimiento. El deseo que tiene el nuevo
gobierno es conseguir una salida al mar a fin de abatir la depresión. Un cartel
en la cima más alta afirma esa ilusión:
«Cuando los hombres de la montaña se encuentren con la vasta
inmensidad del mar, la tristeza será desterrada de sus espíritus».
Imagino que la muralla que rodea a la ciudad se prolongará hasta
la playa para que a nadie se le ocurra escapar por ella como un balsero más.
Celebro la llegada de la noche, más si ésta se aproxima con la
lluvia torrencial. En la oscuridad, estoy a mis anchas y con párpados cerrados,
juego a contar cada gota de lluvia que cae en los lejanos techos de cinc. Los
números desbordan el infinito. Al caer la nevada sobre la cima de la montaña,
el frío se acrecienta aquí abajo y es difícil conciliar el sueño. Me arropo y
escondo la cabeza y los pies en una cobija gruesa de lana o tomo un potente
somnífero. Desciendo al sueño y la trama de una pesadilla es mi acoso. Estoy
dentro de un ataúd. El aire se agota. Sudo profusamente. Gimo y gritos mudos
que salen de mi garganta avivan el terror a la claustrofobia; clavo las uñas en
la dura madera del féretro. Lo araño con morbosa desesperación. Afuera, nadie
escucha el socorro de mi garganta. Los sepultureros han abandonado este
cadáver a los gusanos, mientras cenan y se emborrachan frente al resplandor
ardiente de una hoguera que atizan, olvidan al ser a quien acaban de enterrar
bajo tres metros de tierra. No es posible que una botella de ron y una papa asada
sean más importantes que yo. La costumbre de tan singular oficio los ha
divorciado del drama humano. Oigo sus burlas y carcajadas. Soy un muerto. Me
explico: cargo mi muerte inaplazable y la del otro, la de quien se marchó en
una infausta mañana, la de ese nieto que adoré y que, desde ahora, sólo podré
ver petrificado en esa fotografía que yo mismo le tomé en la mañana de su
infancia. Mi querido nieto no volverá a escalar la montaña, a desafiar la nieve
impoluta de Los Andes. Su deseo por conquistar las alturas quedó frustrado con
su repentina desaparición. Sus botas de escalador se hallan arrumadas en el
sótano de la casa que abandoné. El piolet, con su martillo y su pico, no abrirá
otro orificio en el hielo, no hallará otra hendidura por donde incrustar el
clavo con la argolla, por la que deslizara y sujetara la cuerda roja de ascenso
y descenso. Su bandera no llegará a ondear en la cima. No volverá a otear los
resplandores del Catatumbo. Con el verano, el hielo se convertirá en agua y su
ascenso, en memoria; después, los peces del Lago de Maracaibo la beberán y su
existencia en descomposición será transmutada en el fondo de las profundidades
del Mar Caribe. A lo mejor un caballito de mar será su nueva representación.
Morir joven es una tragedia inaceptable, devastadora para quien sobrevive a la
juventud.
Aquí, en este lugar, al que considero mi calabozo, escucho con
mayor nitidez y atención esa otra voz que ha comenzado a habitarme. Monólogo
que me conduce por intrincados pasadizos culposos. Entonces, acostado en la
cama me dedico a ensoñar, a imaginar lo imposible. Pero, ¿cuándo fui víctima de
este suceso? ¿Qué día, a qué hora? Si puede llamarse desventura a esta
imposibilidad de la cual soy pasto. Sólo puedo rememorar el grito de un
aguacero hendiendo la última noche de mis palabras. Fue como un disparo o un
rayo atravesando mi cerebro. Ese proyectil, desde entonces, anida en mi memoria
y me devuelve a un pasado irresoluto, así como a la fantasía desde la cual
pretendo redimir la realidad perdida. Un recuerdo persiste en mis evocaciones
tormentosas o el fragmento de una irresolución que perdura.
Al verme entrar en la funeraria, los asistentes, la mayoría
jóvenes de cabellos largos y frondosos, no hallaron cómo darle el pésame a
quien, además, debían condenar por la muerte del líder estudiantil. Mientras
avanzaba entre ellos, sus bocas masticaron un rosario de reproches. De repente,
iluminada por la luz de los cirios que custodiaban el féretro donde estaba el
cadáver de mi nieto, una mujer vestida de negro y con ojeras profundas clavó
sus pupilas en mí e impidió que llegara hasta el ataúd.
—¡Asesino! ¡Asesino! –gritó con un acuse histérico.
Era mi hija. El ser en el que había comprometido la ilusión de
conjurar mi pasado infeliz. Mas, éste también la había alcanzando y devastado.
En un segundo se puede destruir lo que después la voluntad culposa no podrá
reparar. La pobre había perdido a su hijo en una de las continuas
manifestaciones contra el gobierno y, para ella, yo era el responsable directo de
esa muerte terrible, por ser El Comandante de la Policía Metropolitana,
encargado de reprimirlas. Cargo que no quise nunca, pero la fatalidad se
impuso. El destino me eligió para el mal o para algo más discordante que no
calza con la vida. El vehículo había sido El Alcalde, antiguo compañero mío de
partido y de Revolución.
II
Madre, ¿Me oyes? ¿Te alcanza mi voz? No he de regresar a esta casa donde nací. Es
la decisión inaplazable de un destino que me rebasa, que no entendí. En sus
numerosos cuartos, pasillos infinitos, rincones oscuros, se halla agazapado el
rastro de la conciencia que fui. Si recorres y escarbas con atención ese rastro
que me define, comprenderás por qué me condenaste a la nostalgia y, entonces,
no te lamentarás más. Igual te anuncio: La casa se irá quedando vacía porque
tarde o temprano los que quedan se irán, con aviso o sin él, saldrán por esa
puerta y se marcharán para no volver jamás. Unos se llevarán una maleta, otros,
nada. Tú misma te irás algún día, como se fue la abuela, padre y yo. Al nacer
tenemos asegurada la partida definitiva, no lo olvides. Así existamos con la
idea prepotente de que nunca nos iremos. La esperanza de que la casa sea
habitada de nuevo colgará un cartel allá afuera: Se vende. Al no aparecer ningún
comprador, un futuro inquilino que se interese por ella, los vecinos mal
hablados dirán que la casa nadie la quiere porque se halla habitada por el alma
en pena de los fugitivos. Entonces, al saber que ya nadie volverá a ocuparla,
la casa misma se dejará invadir por el viento y éste, en un desatado arrebato,
arrancará las cortinas de las ventanas, aflojará las vigas del techo hasta que
las paredes comiencen a agrietarse y las bases, a derrumbarse. Después, los
únicos que visitarán los escombros de la casa habrán de ser las lagartijas y
los perros en la resolana del mediodía, igual los vagabundos, quienes, en las
noches del descapotado cielo, tendrán la aprensión de que alguien los observa
desde el hondo universo de las estrellas. Madre, la muerte es la única ventaja
que le llevamos a los vivos. Yo estoy muerto, no se te olvide.
Madre, ¿te acuerdas cuándo mataron a la abuela antes de mí? ¿No
te fijaste en la dura expresión de su rostro en el ataúd, mientras sus manos
demasiado blancas y cruzadas sobre el pecho, sujetaban aquel clavel rojo de
plástico? Eso no sólo era ridiculez o indiferencia, era sentido. El sentido que
no pudieron arrancarle los asesinos. Sin embargo, creo que el último duelo no
te permitió entender el secreto que había en la expresión pétrea de mi
cadáver. Te lo digo ahora, aunque no sé si me oyes: la última expresión del
muerto reúne todo lo vivido y todo lo que dejó por vivir. Allí se halla el
lugar donde se esconde el secreto inconfesado de la vida. Lo sé, el dolor de la
pérdida te confunde, te ciega cada vez que razonas la circunstancia de mi
partida y no encuentras explicación alguna, pero sí culpable a quien juzgar.
Cuando me mataron, adelantaste una calvicie que no tenías, arrancándote uno a
uno los cabellos de la cabeza. Manía con la que aún continúas. Si hubieras
mirado bien, quizás habrías entendido lo que el cadáver de tu hijo quería
decirte. Pero unos guantes se te adelantaron y cerraron la tapa del ataúd, y la
oportunidad magna de enterarte de la máxima revelación se te escapó con el
sonido metálico de las bisagras, el cual terminó por tapiar mi rostro con
aquellos tapones de algodón que me pusieron dentro de la nariz. Si mueres, tú
misma no podrás verte, no podrías reconocer esa calva en que te convertiste. Lo
lamento. Porque ahí estaba la verdad de lo que ahora te digo y aseguro.
Sé que para ti el lejano bullicio de mi infancia se ha tornado
en amarga evocación. Evocas aquellas correrías donde jamás pudiste alcanzar ese
cuerpecito de indio que tuve. Siempre me escabullía entre tus faldas, cuando
al tratar de agarrarme, el pelo lacio, azabache, éste se volvía demasiado
resbaladizo para ti. Te engañaba porque yo le untaba aceite de coco, entonces
las garras de tus dedos, impotentes, no lograban asirme por los remolinos. Privado
de una risa cantarina, atrás dejaba el largo brazo de tu sombra. Cansada, pero
feliz, apoyada en el umbral de la puerta que había enflaquecido de tanto
abrirse y cerrarse, imaginando que con un lazo bien podría haber atrapado al
potrillo salvaje. Nadie llega a ser completamente de otro, madre. Ni siquiera
de uno mismo. Ahora menos podré ser tuyo, porque ya no tengo forma y aquellos
pies que condujeron mis pasos, diluyeron sus huellas en el agua del tiempo. Si
algo puede servirte de consuelo, en la ausencia habita la irrenunciable
presencia. Detente en el color del mango que madura el verano, en los
almendrones que caen sobre el colchón dorado de hojas secas. ¿Recuerdas cuando
subía al árbol más alto del patio y oteaba a la distancia? Quería mirar lo que
no es posible mirar con estos ojos.
A veces has sentido a tus espaldas, una grave respiración y con
ella, un llamado fugaz, incomprensible, que susurra a tus oídos. Madre, ¿Me
oyes? ¿Te alcanza mi voz? Más, cuando volteas y buscas con una mirada loca, no
estoy, no me hallas; o mejor dicho, no te es posible verme u oírme en la mudez
de la casa. Sin embargo, estoy, sigo estando ahí. Empalideces, te palpita el
corazón ante la posibilidad de que me haga presente. En la agitación, la taza
cae al piso y tragas amargo, porque en vez de azúcar le pusiste sal al café. Te
asalta una idea que te impulsa, te desborda. Corres, buscas, hurgas. Localizas
la grabadora en la gaveta de la peinadora y, con la ansiedad incontenible de
que el instante no debe escaparse, pulsas el botón a fin de grabar esa voz
inesperada y familiar, pensando que es la mía. Pero, cuando te dispones a oír y
entender por repetición y amplificación del sonido, lo que te ha dicho
exactamente la voz grabada, no oyes nada. Sólo una lluvia metálica arrecia en
el vacío, ensordece y te irrita. Entonces, tomas la grabadora y al lanzarla
contra la pared, la haces añicos.
Los objetos añoran a quienes les dieron vida y luego se marcharon,
de manera inesperada y sin explicaciones. Son como la botella que abandona el
borracho. Sé que si mis pantalones ahora mismo pudieran andar, te harían feliz.
Te intriga que permanezcan doblados sobre el espaldar de esa silla,
indiferentes o inmutables. No los culpes, no tienen la suficiente conciencia
para levantarse y actuar. Además, sería cómico ver caminar a unos pantalones
sin piernas que les den forma, sostén y movimiento. No hay zapatos que puedan
acompañarlos en ese acto triste de la ridiculez. Por favor, no te los pongas.
No te empeñes en subir y bajar ese cierre. No me busques en el espejo porque
tampoco allí estaré, a pesar de que el vaho de mi alma lo empañe en esos
momentos en que el calor y la humedad arrecian. Ando lejos, madre. Muy lejos.
Hace tiempo cogí carretera. La figura que ves a lo lejos es sólo un espejismo.
Quizá lo que aún pudiera perdurar sea mi olor. Ese olor que tú misma, muchas veces,
ahuyentabas restregándome el jabón azul en el baño. Después, cuando de vuelta
comenzaba a jugar, a agitarme hasta el frenesí, el olor regresaba y se burlaba
de ti a través de las gotas de mi sudor. Entonces, te aconsejo entres al
cuarto, no al refugio que construí en la copa del árbol más alto, junto con mi
único amigo, pero con un destino más venturoso que el mío. Una vez que estés
ahí, cierra ventanas y puerta, cierra los ojos y, aposentada en la más absoluta
oscuridad, respira profundo el olor inconfundible de tu hijo muerto; apúrate,
madre, antes de que el olor se vuelva rancio y pestilente.
Madre, envidio a Lázaro al saber que no podré resucitar, porque
quisiera consolarte en tu pena, sacarte de ese hueco negro donde te has
confinado. Soy algo menos que un fantasma, una existencia desvanecida que fue
arrojada a ninguna parte. Sabes, aún no he conocido el purgatorio, ni el
infierno. Todavía no sé qué es el paraíso. No he visto un ángel. No creo que
Dios dé residencia a mi alma porque tuve una intención malsana antes de morir.
Un plan siniestro, el cual no te revelé cuando decidí escalar la montaña. No
tuve tiempo suficiente para ejecutarlo porque alguien me tomó la delantera y
frustró mi objetivo supremo. Siempre hay un secreto que nos llevamos a la
tumba. Pesa no haberlo confesado porque, después, los huesos del cadáver se
retuercen de arrepentimiento en la sepultura. Lo peor es un muerto arrepentido.
Sólo te quedan mis desteñidos recuerdos. No tiene ningún sentido atesorarlos,
madre. Uno se percata de ello cuando comienza el olvido y cuando comprobamos
esta certeza, el olvido nos ha devorado también. Ésa es nuestra verdadera
consistencia: Puro olvido y nada más. Entonces, olvídame. Te autorizo a que
hagas una hoguera en el patio de la casa y quemes la imagen que fui. Sólo una
fotografía ha de salvarse de las llamas, ésa que reúne toda mi existencia y que
se llevó el abuelo en su desbandada. Desde que abandonaste el cementerio no
paras de llorar y, en las altas horas de la noche, pegas ese alarido que
retumba en los oídos más distantes. No soportaste que mi ataúd se lo tragara la
tierra. Te encerraste en el claustro de tu pena. No quieres ver a ninguna persona,
menos al abuelo. No sé por qué tuviste que echarlo de la casa. El sólo hizo lo
que estaba obligado a hacer como El Comandante de la Policía Metropolitana. La
manifestación estudiantil lo rebasó cuando estuvimos a punto de tomar El
Palacio Rojo. Sus policías no pudieron con ella. Después entró la confusión y
el disparo que me cegó la vida.
Hoy tú desprecias al abuelo, pero yo lo quise mucho. Me enseñó
cosas que no hubiera podido aprender en la estrechez de la escuela. Previo al
impulso de la pasión por escalar las alturas, me animó a que cultivara el
talento privado en mi timidez inicial: ser pintor. Igual que Miguel Ángel,
Rafael o Velásquez. Lo hizo enseñándome a visualizar, antes, las historias que
él había protagonizado en su pasado de guerrillero. Para comprobar si de verdad
las había captado en imágenes puntuales, hacía que se las relatara después,
tal como me las había contado. Se sentaba en la mecedora y, cerrando los
párpados, se mecía oyéndome con el lento compás del crujir de la madera. Si, por
alguna razón, olvidaba o equivocaba un pasaje, paraba y abría de nuevo los
párpados y, como un Dios inquisitivo, con el dedo índice en alto, corregía
enmendando detalles que se me habían escapado.
—Toda historia que vayas a contar, primero siéntela. Si la
sientes de verdad, volverá a ocurrir.
Preparado en el arte de narrar, el abuelo trajo para mí una caja
que llamó regalo. La colocó con una sonrisa sobre la mesa del comedor. No
quiso que la abriera ante la presencia de ustedes. Madre protestaste, pero
aceptaste irte refunfuñando. El abuelo insistió, apurando con un gesto a que
salieran todos los presentes. Quería que me dejaran solo. Padre dio vuelta y se
retiró con una expresión de hondo resentimiento, que en aquel entonces yo no
comprendí. El abuelo lo vio alejarse con el mismo sentimiento desproporcionado
que no calzaba con la causa. ¿Qué pasaba entre los dos? ¿Qué desavenencia
oculta los separaba? No lo supe en la vida que me interrumpieron, que me
cegaron. En la soledad de mi cuarto, desanudé el lazo de la caja. La abrí y
ésta mostró lo que atesoraba en su interior. Eran plumillas, pinceles, óleos y
tinta. El olor intenso de lo exótico penetró por mis narices. Me sentí
embriagado. Pliegos de papel blanco, suaves, abrumaron mis ojos. Fascinado, comencé
a excitarme con la posibilidad de ponerme a pintar de inmediato. Un barco, una
garza, un rostro desconocido. Entonces, el abuelo abrió la puerta del cuarto y,
con sigilo, entró a espiar el regocijo que no había querido,
inexplicablemente, que los demás testimoniaran junto a él. Sus manos cayeron
pesadas sobre mis hombros, contuvieron mi ansiedad y evitaron que me
precipitara a manchar, resuelto y desenfrenado, la tentadora e insondable
blancura del pliego de papel que tenía ante mí.
—Primero aprende a dibujar, después a pintar. Ahí comienza la
técnica. Las líneas son el esqueleto, y el color, la carne de la figura. No
olvides que el dibujo es el ejercicio previo a la pintura.
A la luz de una vela, comencé a alterar la dimensión de la realidad.
Crucé las fronteras de su finitud. Mi mano se movía frenética. Mordía mis
labios y sin querer, lloraba. En la oscuridad forzada se pinta mejor que en la
luz. Entonces, me aislé en el sótano de la casa para estar en la perpetua y
profunda noche. Pan y agua eran mi alimento. Enflaquecí. Padre y tú quisieron
ir a mi rescate y el abuelo se opuso de nuevo cuando oyó tocar la puerta con la
persistencia de los obstinados. Dio argumentos descabellados de pedagogía, pero
no abrió. La discusión se volvió sorda y un grito la sepultó. El abuelo se
aseguró de que la presencia de ustedes, no estuviera acechando más detrás de la
puerta. Después que aprendí a dominar la técnica del dibujo, el abuelo quiso
que plasmara la imagen de una ciudad inédita que desde hacía tiempo soñaba,
como un acoso mental que no se puede desterrar. En el fondo del baúl están
escondidos aquellos pliegos que se convirtieron, posteriormente, en los planos
de la futura ciudad. El abuelo apuraba el acabado de cada detalle, sentenciando
que, algún día, una dictadura escapada de una pesadilla confinaría a todos los
habitantes del país en ella. Rogó que me esmerara en terminar bien la muralla
que habría de rodearla. Así lo hice, y continué dibujando el resto de sus
partes. En mi obligante labor, no me sentí un artista, sino un prisionero de un
campo de concentración. Al final, el abuelo no quiso que la coloreara; se negó
a que la volviera pintura. La prefirió gris y oscura porque habría de ser una
ciudad muerta. Más adelante, cuando me dispuse a escalar la montaña, la ciudad
ya existía de manera imponente en la realidad.
Madre, no quisiera que te derrumbes, ni que enloquezcas y, menos,
que te suicides. Sé que a veces quisieras tomarte todas las pastillas del
sueño. Si pudieras verme, oírme. Estoy sentado frente a la cama donde muerdes
las almohadas, donde ahogas el llanto que empapas con lágrimas y moco. Aquí, en
esta cama, amamantaste el bebé que fui. Bebí de tus pechos y tu leche fue el
primer néctar que probé. Me excitaban tus arrullos. No sabes cuánto me gustaba
estar acurrucado a tu seno, a pesar de que mi padre lo celaba. Me convertí en
el rival de sus deseos, interrumpí los actos de sus desahogos sexuales, hasta
que, llegada mi niñez, me mudó al cuarto donde él esperaba que yo creciera. Me
metió en una cuna que odié. Con un peluche que despreciaba. La flor rosada de
tu pezón fue sustituida por un biberón. La leche no tenía el mismo sabor. Ya no
me cargabas, no me dabas golpecitos en la espalda para sacarme los gases, no
luchabas contra mis hipos. En fin, había comenzado a conocer el destierro. La
horrorosa sensación del desamparo. Qué importa tener madre, si uno ya está
solo desde antes de nacer. Entonces, fui yo quien comenzó a celar a padre, y
por qué no, a odiarlo también. Si hubiera tenido la edad suficiente, lo habría
degollado con el cuchillo que imaginé robar de la cocina. A partir de entonces,
en las noches los oía gemir detrás de las paredes y, cuando ambos se desahogan
en un grito intenso de placer, maldecía para mis adentros. ¿Por qué yo no puedo
ser el único hombre que esté con mi madre? Me preguntaba en mis noches de
desvelo, aferrándome a los barrotes de la cuna, sudando y temblando como un
convulso epiléptico. Después, caía en un estado de sopor, chupando el dedo
pulgar. Mordía y trituraba al pobre dedo sin compasión. Suspiraba como el
prisionero que no recibe visitas ni de sus carceleros. Entonces, algo despertó
en mí como una especie de alumbramiento. Era la fuerza de un pensamiento que me
hizo comprender la condena a la que estaba destinado. Desde entonces, no fui el
mismo.
Al crecerme un entramado de vellos más abajo de mi vientre, que
confundí con retorcidos alambres de púas cercando ese trozo de carne que hasta
ahora me había servido para orinar, éste comenzó a endurecerse y desafió las
alturas de la casa, quiso penetrar por los orificios del techo, por las ranuras
de las puertas. Y en la explosión de ese grito que todas las noches los fundía
a ustedes al otro lado del cuarto, yo aprovechaba para gritar también, por acá,
a todo pulmón, mientras allá afuera se desataba un aguacero de dimensiones
bíblicas. Corría bajo esa lluvia, desafiante, con la boca abierta hacia ese
diluvio de los cielos. Quería tragármelo. El potrillo se había convertido en
un caballo desbocado con su afilado y enrojecido miembro. Frustración y pena
cuando no lograba alcanzarlos con mis relinchos porque, además, de repente se
abría la puerta de mi cuarto y, con su desnudez imponente y templada, padre
quería saber por qué yo gritaba de esa manera. Yo le mentía, diciéndole que la
oscuridad me asustaba y que un demonio se escondía debajo de mi cama. El se
reía y cegaba mis ojos con el estallido de la luz del bombillo que encendía;
luego, se marchaba con la duda de mi imagen sudorosa. Desde entonces, me
propuse sincronizar el grito de ustedes con el mío. Mi estrategia funcionó y lo
logré. Mejor dicho, lo logramos los tres. Éramos un coro perfecto. Cuando mi
mano terminaba de agitarse y el semen caliente salía disparado de mi tronco
duro, descubría, madre, que tú copulabas con dos hombres a la vez. Sin embargo,
no me dio rabia, ni celos reconocer y recordar la evidencia. Más bien, todas
las noches preparaba esa rutina que yo transformaba en un acontecimiento único
y excepcional, a favor mío.
Al día siguiente, en las mañanas límpidas y frescas que despejan
a la montaña, cuando los tres nos encontrábamos alrededor de la mesa para
ingerir el desayuno, una inconfesable complicidad nos atrapaba la mirada. Mas
sólo yo estaba consciente del secreto que anidaba entre nosotros. Eso supuso, a
mi favor, un poder sobre ustedes dos. En particular, sobre ti, madre, que sin
saber por qué te sonrojabas ante la taza humeante de café con leche. Podía
decir que eras completamente mía. Padre tomaba una sola parte de ti, una parte
que yo le permitía tomar. Ese cuerpo que te limitaba como mujer. Porque tu
pensamiento y tu alma, madre, ya eran completamente míos.

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